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Por: Mariana Matija 

«El caracol construye la delicada arquitectura de su concha añadiendo una tras otra las espiras cada vez más amplias; después cesa bruscamente y comienza a enroscarse esta vez en decrecimiento, ya que una sola espira más daría a la concha una dimensión 16 veces más grande, lo que en lugar de contribuir al bienestar del animal, lo sobrecargaría. Y desde entonces, cualquier aumento de su productividad serviría sólo para paliar las dificultades creadas por esta ampliación de la concha, fuera de los límites fijados por su finalidad. Pasado el punto límite de la ampliación de las espiras, los problemas del sobrecrecimiento se multiplican en progresión geométrica, mientras que la capacidad biológica del caracol sólo puede, en el mejor de los casos, seguir una progresión aritmética»

-Ivan Illich.

Si “sostenible” es un concepto que con frecuencia puede resultar confuso, “desarrollo sostenible” puede parecer incluso contradictorio. Se menciona, cada vez con más frecuencia, en las conversaciones y debates políticos; ya forma parte oficial de los programas de gobierno de muchos candidatos que —sea por genuino interés o por no sentir que se quedan por fuera de la “tendencia”— incluyen la dimensión medioambiental en sus propuestas. 

Con las elecciones territoriales a la vuelta de la esquina, y con el debate sobre la emergencia climática que va tomando protagonismo en los medios (aunque sea por los comentarios desatinados que hacen políticos nacionales sobre activistas como Greta Thunberg), vale la pena mirar más de cerca el concepto de desarrollo sostenible y entender mejor en qué consiste. Para eso es necesario aprender la diferencia entre crecimiento y desarrollo, pues a pesar de ser conceptos distintos, se usan con frecuencia de manera intercambiable, como si fueran la misma cosa. 

Crecimiento y desarrollo no significan lo mismo

En el imaginario colectivo, el concepto de desarrollo se ha relacionado usualmente con la idea de progreso y de crecimiento económico, mientras en el contexto académico se ha entendido de muchas maneras, sin que su sentido sea siempre claro. Como afirman los sociólogos Manuel González y Luis Camarero, el desarrollo se ha convertido en una palabra con tantos posibles sentidos que “necesita de apellidos para conservar algún significado” (por ejemplo: desarrollo local, desarrollo rural, desarrollo sostenible, desarrollo participativo…).

Así que, para no perder la cabeza en el proceso de hablar de desarrollo y crecimiento, invito a que por un momento dejemos de enfocarnos en las posibles definiciones académicas y nos centremos en la manera en que ambos procesos se manifiestan en la naturaleza. 

Es sencillo entender las relaciones y diferencias entre crecimiento y desarrollo cuando las observamos en nosotros mismos: nacemos pequeños, y a medida que pasa el tiempo vamos creciendo (aumentando cuantitativamente de tamaño, lo cual requiere un consumo cada vez mayor de recursos básicos) y nos vamos desarrollando (volviéndonos cualitativamente más complejos y más ricos en conexiones neuronales, emociones, comprensión del mundo que nos rodea, etc.); los dos procesos pasan de manera complementaria y paralela.

Llega un punto en el que alcanzamos nuestro tamaño máximo —al menos en estatura—, dejamos de crecer y se estabilizan nuestras necesidades básicas (las realmente básicas) de consumo. Sin embargo, no dejamos de desarrollarnos: seguimos aprendiendo, enriqueciendo nuestra experiencia y nuestra capacidad de generar conexiones, no solo dentro de nuestro cerebro, sino también con otros humanos, con otros seres vivos y en general con nuestro entorno. 

Ese desarrollo puede ser infinito. Sin embargo, si siguiéramos creciendo de manera ilimitada, llegaría un momento en el que nuestra vida sería imposible: los recursos que necesitamos para vivir se agotarían rápidamente, nuestros articulaciones no soportarían el peso de nuestros músculos, nuestro movimiento se haría cada vez más difícil y, finalmente, colapsaríamos debido a nuestro propio tamaño. ¿Suena familiar? 

Nuestras sociedades parecen haberse obsesionado con la idea del crecimiento ilimitado, y en ese proceso estamos consumiendo los recursos del planeta a un ritmo que no es sostenible, pues la biósfera no tiene tiempo suficiente para regenerarse. Los ecosistemas no soportan ya el peso de las sociedades humanas y están perdiendo vertiginosamente su resiliencia y diversidad. Estamos moviéndonos a toda velocidad hacia un colapso, en el cual no solo terminaremos siendo aplastados por nuestras propias ideas de crecimiento, sino que arrastraremos con nosotros a todas las otras formas de vida que existen sobre el planeta. 

Por eso es necesario reconocer que el desarrollo cualitativo puede existir sin necesidad de crecer cuantitativamente –sea en tamaño y/o en necesidades de consumo–, que cuando hablamos de desarrollo no necesariamente estamos hablando de crecimiento, y que plantear proyectos de crecimiento no es necesariamente lo más conveniente para el desarrollo si queremos que sea sostenible. De hecho, y considerando este contexto de emergencia climática y colapso ecosistémico, es necesario que nos preguntemos si no será momento de empezar a examinar las opciones de desarrollo que NO vienen de la mano con ideales de crecimiento. 

Frente a ese planteamiento es posible que muchas personas repliquen que hace falta crecimiento económico para cubrir las necesidades básicas de las comunidades más pobres, y por eso es también urgente que nos preguntemos si lo que hace falta es más crecimiento, o si lo que necesitamos realmente es hacer una mejor distribución. 

Colombia nos demuestra que no son conceptos equivalentes 

De acuerdo al Banco Mundial, en Colombia el 20% más rico de la población acumula un 55.7% de los ingresos, mientras que el 20% más pobre sobrevive apenas con un 3.9% del ingreso total. Dicho de otra manera, mientras 9 millones de colombianos tienen más de la mitad de la riqueza, los 36 millones restantes se reparten -inequitativamente, además- el 44% que queda; y, al contrario de lo que muchos piensan, el crecimiento económico no garantiza que esa situación se resuelva. En 1992 el PIB per ćápita en Colombia era de aprox. 1.380 USD y en 2017 era de aprox. 6.300 USD (es decir,4.5 veces mayor); sin embargo, la distribución no ha cambiado: en 1992 el 20% más pobre tenía menos del 4% de los ingresos, y el 20% más rico tenía el 56.7%, que es básicamente lo mismo que sigue pasando ahora. El PIB creció, la desigualdad… se quedó igual. 

El panorama en el resto del mundo no es tan diferente: lo que muestra el PIB es un promedio, y lo que oculta es el hecho de que la mayor parte de las ganancias económicas siguen concentrándose en las mismas personas. Esas personas suelen usar su poder político para que todo siga como está, pues las estructuras desiguales del sistema los benefician. 

Mientras tanto sigue adelante el discurso de la importancia del crecimiento económico (a veces oculto detrás de promesas de “desarrollo sostenible”), que pasa por alto el hecho de que a mayor crecimiento económico mayor es el impacto negativo que generan nuestras sociedades en los ecosistemas que las sostienen, y ese mayor impacto ambiental –aunque nos afecta a todos tarde o temprano– afecta más pronto y de manera más cruda a las comunidades más pobres, que tienen menos recursos para adaptarse y sobrevivir. 

Esto genera, entonces, una desigualdad mucho más profunda de la que está a simple vista: las comunidades más pobres están en una situación de mayor vulnerabilidad frente a todos los efectos de la emergencia climática, siendo ellos quienes menos han aportado en los procesos que han generado y empeorado la crisis. 

Al mismo tiempo es a ellos a quienes se les hace –desde múltiples discursos políticos– la promesa del progreso como solución a su pobreza. Y aunque esté maquillada con el nombre de “desarrollo sostenible”, esa promesa está construida en torno a proyectos de crecimiento económico que, si bien pueden beneficiar a esas comunidades, usualmente benefician más a quienes proponen y ejecutan los proyectos (personas con mayor riqueza económica). Ellos son  quienes tienen mayor huella ambiental y quienes suelen estar mucho mejor protegidos frente a las consecuencias más catastróficas de la crisis climática y los colapsos ecosistémicos que dichos proyectos empeoran, y que afectarán más rápido y de manera más cruda a esas comunidades a las que se les promete que serán la solución de sus problemas de pobreza, empeorando aun más su situación.  

En Colombia esta problemática toma dimensiones de complejidad que difícilmente pueden entenderse solo a través del lente del crecimiento económico. La desigualdad en la distribución de tierras, acceso al trabajo, educación y servicios básicos de salud profundiza desigualdades que alimentan el conflicto y que terminan convirtiéndose en caldo de cultivo para nuevos brotes de violencia… que, de nuevo, suelen afectar de manera más cruda a las comunidades más pobres. ¿Se resuelve esto con más crecimiento económico? La historia nos muestra que no, y el contexto actual de emergencia ambiental requiere que busquemos otras soluciones. 

La respuesta, entonces, podría estar en el desarrollo sostenible, pero solo si entendemos “desarrollo” como un proceso que no necesariamente requiere crecimiento. 

La definición de desarrollo sostenible se planteó por primera vez en 1987 en el documento “Nuestro futuro en común” –conocido también como el informe Bruntland– y sigue siendo la que se usa hoy, más de tres décadas después. Dice que “el desarrollo sostenible es aquel capaz de satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades”, y es la definición de referencia que se usa en la Agenda de Desarrollo Sostenible de la ONU. 

Para muchas personas –incluyendo a los políticos que están llenando sus proyectos de campaña con alusiones al desarrollo sostenible– parece imposible imaginar el desarrollo si no viene acompañado de crecimiento. Durante décadas (tal vez siglos) nos han martillado la cabeza con la idea de que el crecimiento económico es la meta máxima y la solución a todo, y que tener más plata nos ayuda a resolver más cosas, incluso esas cosas que no se resuelven con plata. No es de extrañar, entonces, que frente a la emergencia climática –que requiere de nosotros cuestionamientos, actitudes y propuestas holísticas que van más allá de lógicas monetarias– tantas personas, empresas e instituciones sigan insistiendo en el discurso del crecimiento económico o en las soluciones que pasan solo por el filtro del consumo. 

El desarrollo sostenible solo es una contradicción si consideramos crecimiento y desarrollo como conceptos intercambiables… pero no lo son. Si queremos generar procesos de desarrollo sostenible es necesario que miremos con ojos más críticos el discurso del crecimiento económico y que nos hagamos preguntas –por incómodas que puedan resultar, especialmente para quienes tienen más dinero y más poder– sobre cómo hacer una justa distribución de la riqueza sin que sea necesario un aumento en la extracción de recursos y en la explotación de ecosistemas que ya está claro que no dan a basto y que no pueden sostener por más tiempo nuestra lógica de crecimiento ilimitado. El planeta impone sus límites, nos guste o no, y estamos ante un panorama de emergencia que exige respuestas diferentes a las que hemos considerado válidas hasta ahora. La naturaleza misma nos muestra la necesidad de ponerle límite al crecimiento y nos muestra también las infinitas posibilidades que aparecen cuando paramos de crecer y podemos prestarle nuestra atención y nuestra energía al desarrollo cualitativo, que no requiere que consumamos más recursos ni ocupemos más espacio (y que no nos distrae con la búsqueda del bienestar a través del consumo desmedido) sino, sencillamente, que nos hagamos preguntas y que busquemos alternativas que nos permitan un verdadero buen vivir.

 

 

*Esta columna es publicada con el apoyo de Fescol.

 

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