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El teleférico que llevó el turismo a la violenta Ciudad Bolívar de Bogotá: entre la inclusión y la “pornomiseria”

Casas coloreadas a 3100 metros de altura en Bogotá, la tercera capital más alta del mundo (Alejo Santander/)

Bogotá lleva 10 años preparándose para un terremoto que siempre se avecina. Podría ocurrir que si uno se queda en alguno de los hoteles del centro, una mañana, por debajo de la puerta de la habitación le arrojen un papel advirtiendo: “simulacro de sismo” con la “participación de todos los ciudadanos. El aviso sin embargo no llega hasta los ranchos de Ciudad Bolívar, que sostenidos por tablones raquíticos, hacen equilibrio en lo más alto de la ciudad.

El centro de Bogotá y Ciudad Bolívar se miran. Desde lo bajo, parados en una esquina del Centro Internacional, las casas pintadas en lo alto -en su mayoría por agentes del gobierno- de azul, de amarillo, de verde, se ven lejanas, casi amigables. Igual que en otros barrios bajos latinoamericanos disimuladas a fuerza de pintura en los frentes. Es El Paraíso, el más pobre de esos barrios pobres; realidades coloreadas a 3100 metros de altura.

Ranchos sostenidos por tablones raquíticos sobre la montaña
Ranchos sostenidos por tablones raquíticos sobre la montaña (Alejo Santander/)

Las zonas bajas de Ciudad Bolívar, barrios como Gibraltar o Lucero Medio, se descubren en cambio de ladrillo a la vista. Pero estos no llegan a verse desde el corazón de la capital colombiana. Para saberlo hay que acercarse. Conducir desde el centro bogotano entre 40 minutos y una hora, para encontrarlos devorándose la montaña en lo márgenes. La curtiembre San Benito, tiñe de olor a cuero podrido las calles y de un negro profundo el río Tunjuelo, que atraviesa parte de la localidad.

La historia de Ciudad Bolívar es inexacta. En la década del 50 aparecieron los primeros barrios, Meissen, San Francisco, México, Lucero, Ismael Perdomo, ubicados en las partes bajas y medias de la montaña. De allí en adelante un crecimiento informal avanzó hacia arriba, sin planeamiento, sin servicios, ni medios de transporte. Pero con el tiempo, a la fuerza, más informales que formales, las cosas fueron llegando.

El TransMiCable se inauguró en noviembre del 2018
El TransMiCable se inauguró en noviembre del 2018 (Alejo Santander/)

Desde hace 9 meses existe el TransMiCable. Una obra de infraestructura monumental, que permite llegar por teleférico en 20 minutos desde El Paraíso hasta el Portal Tunal, una de las estaciones cabeceras del transporte masivo de pasajeros de Bogotá. Hasta lel año pasado el recorrido podía llevar hasta tres horas por caminos de tierra que quedaban anegados si llovía mucho y en los que siempre cabía la posibilidad de ser asaltado.

“Antes lo atracaban a uno en el alimentador, se subían al bus y lo robaban, lo subían a las malas, lo tumbaban al piso”, le cuenta María Rodríguez (62) a Infobae, el pelo tirante, la cara zurcada. Lo dice sin miedo, como quien se queja de una demora, poco antes de bajarse en la primera parada del teleférico, Juan Pablo II. María vive en el barrio de Marco Fidel Suárez, a unos 20 minutos, pero vuelve a la parte alta para visitar a su hija y a sus ocho nietos.

María Rosríguez (62) viaja en TransMiCable para visitar a su hija y sus ocho nietos
María Rosríguez (62) viaja en TransMiCable para visitar a su hija y sus ocho nietos (Alejo Santander/)

La localidad es mucho más que la línea recta de cable e ingeniería por la que pasan desde hace 9 meses las 163 cabinas rojas del sistema. Mientras se viaja por encima de las casas, que van desde edificaciones de varias plantas a casillas de chapas oxidadas, no puede evitarse entrar con la mirada por los techos, las ventanas, a la intimidad de los que las habitan. Un Gran Hermano sin consentimientos a 70 centavos de dólar el boleto.

“Pornomiseria”, dice Paula, una joven bogotana de 25 años, mientras le corta el pelo a una conocida en una casa del centro. La palabra se la dijo una amiga suya, Violeta Osornio, de su misma edad, tercera generación en Ciudad Bolivar, que tras algunos mensajes, esa tarde escribe: “Hola. Me chismosearon que estás haciendo una crónica alrededor del TransMiCable en Paraíso. Soy habitante de la zona. ¿Es posible que charlemos?”.

El naranja del ladrillo hueco de las casas predomina en las zonas medias de la montaña
El naranja del ladrillo hueco de las casas predomina en las zonas medias de la montaña (Alejo Santander/)

El término “pornomiseria” en Colombia lo popularizó la película de 1978 Agarrando Pueblo. Un falso documental, según lo definió la historiadora colombiana Luisa Fernanda Ordoñez Ortegón una “crítica al cine dentro del cine, al abuso de las condiciones de subdesarrollo y marginalidad de los países latinoamericanos como excusa para llamar la atención de un público extranjero”. Uno de sus directores, Carlos José Mayolo, lo explicaba así sobre el final de un texto que escribió para la divulgación del film en Alemania:

“‘Agarrando Pueblo’ invita a la reflexión sobre la relación existente entre filmado y filmador, desentrañando a través del humor la explotación de la miseria y las posibles deformaciones que pueden tomar ciertas imágenes cuando son obtenidas superficial y paternalistamente, convirtiendo al pueblo en objeto y no en sujeto de su propio destino. Pues si éste toma propia conciencia de su destino y lo asume con su propia voz, empieza a convertirse en subversivo para todos y deja de ser objeto de cualquier tipo de instrumentalización”.

Los techos de las casas, las terrazas, por las que sobrevuelan las 163 cabinas desde muy temprano por la mañana y hasta las ocho de la noche
Los techos de las casas, las terrazas, por las que sobrevuelan las 163 cabinas desde muy temprano por la mañana y hasta las ocho de la noche (Alejo Santander/)

“La privacidad es algo que ya no tenemos y esto se adhiere a la exotización que hacen de nosotros, quieren mostrarnos como que las personas que vivimos en la ladera de la montaña somos personas amables, gentiles, cuando en realidad yo no tengo por qué ver bien que vengan extranjeros a espiarme. Esa persona hace una foto de Instagram, se llena de likes, una foto que no voy a ver nunca. Yo me quedo acá y debo seguir con mi vida aquí, en un contexto hostil”, Violeta le pone palabras a la teoría cinmeatográfica de Mayolo. Y trae de prepo a la charla con Infobae algo que también llegó con el teleférico: el turismo de la miseria.

Una de las empresas que ofrece el recorrido por Ciudad Bolívar es Hansa Tours y cobra USD 128 . Dura dos horas e incluye recogida en el aeropuerto u hotel. Es un paseo en teleférico, sin escalas al Mirador de El Paraíso. En su página web dicen que el tour “pretende acercarse al turismo comunitario como medio para el crecimiento del barrio en Bogotá”, que a través de él “se capacita a jóvenes en el conocimiento de su barrio, se genera identidad propia, y se desmitifica el concepto que se tiene de Ciudad Bolívar y se transforma en algo positivo”.

Una de las calles principales que rodean la estación de Mirador del Paraíso
Una de las calles principales que rodean la estación de Mirador del Paraíso (Alejo Santander/)

“Si vienen de afuera a una localidad tremendamente peligrosa como esta, yo no sé cómo les aseguran esos tours la seguridad. Deben tener alguna seguridad y hay que ver de dónde viene esa seguridad, porque no creo que venga de la policía”, arriesga Violeta y aunque no los nombre, aparecen en su relato personajes locales, los llamados “tierreros”. Paramilitares, microtraficantes, miembros de pandillas, con un poder tan informal como real en esas calles alejadas. Son los que parcelan y le ponen precio a terrenos que se deshacen bajo los pies de los que los habitan.

“Las personas que hemos vivido toda nuestra vida en Ciudad Bolívar estamos contra toda esta gran amalgama que el alcalde llama ‘revitalizar a las comunidades’. Realmente no necesita revitalizarnos porque hemos estado vivas desde hace muchísimos años”, sigue. El proyecto del TransMiCable llevó dos años de construcción y necesitó de una inversión inicial de más de dos millones de dólares. Desde su implementación empleó a 176 vecinos, de una localidad que en 2015 se estimaba superaba los 680 mil habitantes.

En los teleféricos pueden entrar hasta 10 personas, pero la mayoría de las personas prefieren viajar en grupos de tres, cuatro o solas
En los teleféricos pueden entrar hasta 10 personas, pero la mayoría de las personas prefieren viajar en grupos de tres, cuatro o solas (Alejo Santander/)

“Solamente se habla de un flujo económico, de un tema de movilidad y es falso que el TransMiCable alimente toda Ciudad Bolívar, la gente llega al punto más alto que es Paraíso, al mirador, pero en Manitas –la parada intermedia- por ejemplo no hay caminos que lleven hacia Andes o hacia Bella Flor. Sólo atraviesa una fracción, pero lo que se vende es otra cosa”. Violeta trabaja y estudia en Bogotá. Sus palabras se alejan de las versiones que abundan alrededor de las estaciones y en el interior de los teleféricos. Vienen desde esas otras calles por fuera de las visitas guiadas y en inglés, de las postales en la web del gobierno.

Y están los que aseguran que el TransMiCable les salvó la vida.

Con un tapabocas puesto como exige la ley a quienes venden comidas en locales y asomada detrás de una ventana pequeña, María Amparo Velázquez (42) ofrece empanadas, pastel de yuque y chorizos. Sobre la vereda hay un par de banquetas de plástico negras desparramadas azarosamente y al otro lado de la calle la estación de El Paraíso desconcertando el paisaje.

María Amparo Velázquez (42) al otro lado de la ventana en la que supo ser la casa de su mamá y hoy es el negocio familiar
María Amparo Velázquez (42) al otro lado de la ventana en la que supo ser la casa de su mamá y hoy es el negocio familiar (Alejo Santander/)

Amparo llegó hace ocho años desde Bucaramanga. Se dedicó a coser y a vivir de eso. Pero el proyecto del TransMiCable puso la última estación frente a la casa de su mamá y fue como si la oportunidad golpeara literalmente a la puerta de su familia. Pintaron el frente, movieron el comedor, abrieron una ventana, pusieron un puesto de empanadas. Empezaron con un promedio de 100 y hoy venden entre 300 y 400 diarias.

“Gracias a Dios sale y entre mucha gente, ahora viene mucha gente a conocer, de Usme, de otras localidades de Colombia, extranjeros, mucha gente de Japón, Canadá, Estados Unidos…”, enumera para Infobae Amparo las nacionalidades de sus clientes, antes de que la voz de un hombre, una sombra que se recota al fondo de la casa contra una ventana la llame por su nombre en un ladrido. “Ya voy”, responde ella.

Caminos de tierra, sin señales ni iluminación son los que todavía predominan en la parte más alta de la montaña
Caminos de tierra, sin señales ni iluminación son los que todavía predominan en la parte más alta de la montaña (Alejo Santander/)

“Hay más seguridad de policías porque saben que viene más gente de afuera, entonces para que la gente se sienta más segura”, cuenta, tras la interrupción. En Ciudad Bolívar no hay policías para que haya más seguridad, hay policías para que la gente que ahora viene de visita se sienta más segura.

El mes pasado se encontraron cuerpos descuartizados en El Paraíso. Tres bolsas con restos humanos a mitad de una calle. Aunque los datos oficiales dicen que los homicidios están bajando en la localidad y que inclusive se registran 41 víctimas menos que el año pasado.

“Te voy a decir algo que he aprendido con los años y me duele mucho tener que decirlo: las vidas de las personas que viven acá no importan. Importan solamente cuando estamos trabajando dentro de las 50 cuadras de lo que se supone es Bogotá”, confía Violeta, de las pocas habitantes de la comunidad que pudo acceder a una educación superior.

Techos de chapa y algunas calles asfaltadas en las zonas medias que rodean al teleférico
Techos de chapa y algunas calles asfaltadas en las zonas medias que rodean al teleférico (Alejo Santander/)

Y sigue: “las vidas de las personas que habitamos este sur no importamos y no importamos en todos los sentidos. Coberturas, sistemas mínimos, pensar que hace poco más de 20 años se derrumbo el basurero. En ese lugar hubo un deslizamiento que desencadenó que toda una zona de Ciudad Bolívar se cubriera de los hedores más profundos que te pudieras imaginar”.

El 27 de septiembre de 1997 cerca de las cuatro de la tarde se registró la emergencia sanitaria más grande en la historia de Bogotá, tras el derrumbe de un millón 200 mil toneladas de basura del relleno sanitario Doña Juana. Los deshechos se precipitaron en cuestión de minutos sobre el río Tunjuelo y afectaron a al menos 20 barrios de Ciudad Bolívar, Usme y Tunjuelito.

Según repasó el diario colombiano El Espectador tras la avalancha “quedaron expuestos al aire libre toda clase de residuos tóxicos: orgánicos, como tejidos de piel, sangre y órganos; químicos (material radioactivo y medicamentos), e industriales provenientes de curtiembres, como plomo o mercurio”.

Un cartel impensado se lee llegando a la última estación: "Hostal El Paraíso, ven y conoce nuestras instalaciones"
Un cartel impensado se lee llegando a la última estación: “Hostal El Paraíso, ven y conoce nuestras instalaciones” (Alejo Santander/)

Unos pocos meses antes de la inauguración del TransMiCable llegó a El Paraíso lo que hasta hace no mucho era impensable: un hostel. Varios de los habitantes de las zonas más bajas, ni siquiera saben de su existencia y cuando se enteran se sonríen, como no dando crédito a lo que oyen.

Llegando a la última estación en el teleférico, se lee pintado sobre la montaña: Hostal El Paraíso, ven y conoce nuestras instalaciones. Televisión por cable, agua caliente y habitaciones con jacuzzi; en el barrio más pobre de Bogotá. Junto al mensaje una casilla precaria se deja ver sobre la ladera, flanqueada por una improvisada escalera de neumáticos.

El hostal se encuentra a doscientos metros en dirección al interior de la montaña y sobre una calle que baja. Es una puerta de una hoja bajo un cartel que anuncia “Hostel”. Al atravesar el marco una escalera estrecha conduce hasta la recepción, con un mostrador, dos sillones y una pantalla que devuelve las imágenes de 25 cámaras de seguridad.

La vista desde el interior del hostal y hacia la calle, cada vez con más comercios y locales
La vista desde el interior del hostal y hacia la calle, cada vez con más comercios y locales (Alejo Santander/)

De uniforme bordó, al otro lado del mostrador está Maryuri Hernández (28), que apenas escucha que alguien sube da la bienvenida, que prefiere que Infobae hable con su compañero, Alexis Silvera (35), porque “él trabaja en el hostel desde el primer día”. Pero Alexis no está ahí.

Rosa lo llama y se lo puede ver bajar a través de las 25 cámaras del circuito cerrado del edificio. Va pasando de un cuadrado a otro en el monitor. Los pasos se oyen cada vez más cerca, hasta que los pies aparecen en la escalera que sube a las plantes superiores. El pelo corto, las manos grandes, un uniforme del mismo color del de su compañera.

“La inauguración fue el 20 de julio de 2018, empezamos con 9 habitaciones y hoy día contamos con 23. Las pruebas del TransMiCable creo que empezaron en diciembre u octubre, una cosa así. Hacía tres meses que estaba funcionando el hotel cuando lo hicieron operativo”, cuenta.

Fue en diciembre de 2018, a un mes de que comenzaran a rodar los teleféricos, que hubo que construir más habitaciones. En aquel momento dice el empleado, igual que Maryuri que lo mira en silencio vecino de Ciudad Bolívar, “no se daba abasto con la cantidad de gente que llegaba al barrio”.

Alexis Silvera (35) y Mayuri Hernández (28), dos de los cinco trabajadores que tiene el hostal
Alexis Silvera (35) y Mayuri Hernández (28), dos de los cinco trabajadores que tiene el hostal (Alejo Santander/)

Si se le pregunta por las razones que llevan a alguien a hospedarse ahí, que obliga a alguien a ir hasta los márgenes del sur de Bogotá, subirse a un teleférico y alejarse un mínimo de una hora y media del Centro Internacional, él contesta que es por los precios económicos que manejan.

Por 48 horas, la estadía mínima, el costo de 45 mil pesos colombianos (USD 13), la mitad de lo que cuesta un hotel económico del centro. Pero si la persona fuera a quedarse por más días se le ofrece un precio todavía más accesible. Da un ejemplo: “una pareja que se queda por tres días pagaría 30 mil pesos (USD 8,70)”.

“Hay como un mito sobre el barrio porque pues de repente hace tiempo fue algo peligroso, pero hoy el barrio está más tranquilo, se ve mucha policía, eso le brinda más seguridad a la gente. Si ves en la zona ha fluido el comercio”, dice, y agrega que debería trabajarse desde la alcaldía para promocionar la zona como destino turístico.

-¿Le dirías a alguien que puede venir sin preocuparse?

-Bueno, como en toda ciudad hay que tener cuidado porque uno de repente no está seguro en ninguna casa. Le diría que tenga cuidado, pero ya no tanto como era antes.

Junto a un moro que promociona el hostal, los ranchos hacen equilibrio sobre la ladera de la montaña
Junto a un moro que promociona el hostal, los ranchos hacen equilibrio sobre la ladera de la montaña (Alejo Santander/)

El prejuicio, la mirada de soslayo, la idea de peligro, todavía sobrevuela Ciudad Bolívar. Los que viven en esas calles, lo aprendieron a fuerza de ver cómo se oscurecían las miradas, cuando surgía el tema durante una conversación casual, en cualquier otra parte de la ciudad.

“Yo evadía todo tipo de conversaciones en las que se indagaba por mi lugar de residencia, porque no podía hablar de todo lo que hemos hablado sin desmoronarme, sin convertirlo en un drama”, admite Violeta, que es estudiante de la Licenciatura de Humanidades y Lengua Castellana en la Universidad Distrital de Bogotá.

“Estudiaba en el centro, en La Macarena, donde va la gente que trabaja en el Centro Internacional, en grandes oficinas. Yo era una persona que iba hasta allá, estudiaba, trabajaba y me volvía a mi casa a leer. Y todos estos años la universidad no hizo otra cosa que hablar de la realidad centro-periferia, pero nadie se preguntó por la realidad de los estudiantes que estábamos ahí”, sonríe cómplice, como una infiltrada que nunca fue descubierta; y con algo de tristeza.

Cuando alguien le preguntaba Violeta respondía “vivo cerca del Tunal”, la estación cabecera en la base de la montaña. De esa forma, “evitaba un montón de preguntas que a veces uno no quiere responder”. Hoy su casa está cerca de la estación Manitas, donde asegura que después de las 7 de la tarde inclusive el TransMiCable deja de ser un lugar donde estar seguro.

Ciudad Bolívar y el sur de Bogotá
Ciudad Bolívar y el sur de Bogotá

Aunque no lo recuerda, o no lo quiere recordar, sus papás cuentan que frente a la casa de sus abuelos, una escena que supo ser común: gente aparecía muerta por la mañana en la calle. Hubo un tiempo en que el horror pasó a ser parte del paisaje. “No sé a veces creo que solo me dan ganas de llorar y pedir que me saquen de acá. En el lugar donde yo estoy con el tiempo ha menguado el impacto, pero sé que en alguna parte de la localidad las cosas son 70 veces peores de lo que yo las percibo. Con mi familia hemos podido estar en algún lugar que si llueve no nos vamos a inundar, pero eso no les pasa a todos”.

Nadie quiere vivir en Ciudad Bolívar, no es una decisión que la gente tome. Ha estado alimentada por el paramilitarismo, por el microtráfico, por años. Es una localidad que tiene problemas de seguridad y no solo de que no me roben, sino también de la hostilidad entre la gente misma. Es acostumbrarte a que hay una olla de droga cerca de tu casa, saber cuales son los callejones del expendio, a qué hora pasa la policía a pedir dinero a esas personas, ver gente soplando basura en la calle. Es un asunto de hostilidad que no se ve y al que todos nos acostumbramos”, describe.

La comunidad de Ciudad Bolívar es profundamente religiosa. Las iglesias se vuelven nodos de agrupación, frente a ellas se vende ropa y alimentos a pocos días de vencer, a precios muy económicos. por estos días algunos políticos aprovechan esos espacios para hacer campaña. También son un lugar donde creer que las cosas pueden mejorar arriba en la montaña.

Por la noche las calles se vuelven oscuras y los teleféricos ya no viajan sobre las cabezas. A lo lejos, abajo, destellan las luces del centro bogotano, los hoteles, los bares, la Torre Colpatria. Arriba, en la oscuridad está Ciudad Bolívar, entre la pobreza en un exhibidor y los que prefieren pensar que por fin, tras tantos rezos, la salvación llegó del cielo con la forma de un teleférico.

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