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La bomba que era demasiado grande para la guerra y que hizo temblar al mundo

La temible “Bomba del Zar”, con la que la Unión Soviética quiso impresionar a los Estados Unidos y al resto del mundo libre (AFP)

Aunque sólo Estados Unidos ha usado una bomba nuclear en una guerra, la explosión más grande de la historia fue obra de Moscú. No hay constancia de que la bomba más poderosa del mundo causase una matanza. Nikita Khrushchev, líder soviético en 1961, deseaba intimidar a las potencias capitalistas con una exhibición sin parangón de la tecnología soviética. El mandatario quería disimular como fuera la debilidad de su arsenal atómico: el suyo era un farol monumental.

Tenía ocho metros de largo, un diámetro de casi 2,6 metros y pesaba más de 27 toneladas. La llamada “Bomba del Zar” o “Reina de las bombas” causó la mayor explosión provocada por seres humanos hasta ahora. Durante su desarrollo, su nombre en clave fue “Iván”. Hoy es recordada como “la bomba que era demasiado grande para la guerra”. Lo importante era asustar al mundo.

Debido a su enorme tamaño, era un arma poco práctica para su uso operativo en una hipotética guerra entre EE.UU. y la URSS. Pero supuso un gran golpe a la moral de los EE.UU., que vio su supuesta superioridad tecnológica y científica puesta en duda.

Fue detonada el 30 de octubre de 1961 como demostración, a cuatro kilómetros de altitud sobre Nueva Zembla. Este archipiélago ruso situado en el mar de Barents, en el Océano Ártico, fue el único testigo del estruendo. Su potencia: 1.500 veces la de las bombas de Nagasaki e Hiroshima combinadas. El equivalente a 57 megatones. Universidades y observatorios de Francia, Inglaterra, Japón, EE.UU. y otras zonas del mundo registraron movimientos sísmicos provocados por la explosión.

No hay constancia de la construcción de otra bomba de potencia semejante. Fue lanzada por el mayor Andrei Durnovtsev desde un aparato Tu-95 modificado especialmente para dar cabida a bomba. La bomba fue lanzada con un paracaídas gigante que pesaba casi una tonelada, de manera que los aviones pudiesen alejarse lo suficiente.

Un bombardero Tu-16 más pequeño volaba cerca, listo para filmar la explosión resultante y monitorear las muestras de aire mientras volaba fuera de la zona de explosión. La energía térmica fue tan grande que podría haber causado quemaduras de tercer grado a una persona que se encontrara a 100 kilómetros de la explosión.

Aquel 1961 fue un año de alta tensión con Estados Unidos. El líder soviético, Khrushchev , afrontaba un estancamiento tanto en lo económico como en lo militar. EE.UU. les estaba dejando atrás. “Fue el año de la operación de la Bahía de Cochinos. El vuelo de Gagarin en abril muestra que tenemos un cohete poderoso, que puede llegar a su órbita pero también llevar lejos una carga pesada. En septiembre se construye el muro de Berlín tras semanas de tensión”. Así lo recuerda Ruben Sergueiev Ruiz (nieto de la líder comunista española Dolores Ibárruri, Pasionaria) quien fue testigo del pulso de la Guerra Fría. En los ochenta llegaría a secretario de la comisión no gubernamental sobre temas de desarme del Comité Soviético de la Paz.

Nikita Khrushchev y John F. Kennedy en Viena, en 1961. Eran tiempos de Guerra Fría y la carrera armamentística ponía en riesgo al mundo entero (AP)
Nikita Khrushchev y John F. Kennedy en Viena, en 1961. Eran tiempos de Guerra Fría y la carrera armamentística ponía en riesgo al mundo entero (AP) (unknown/)

La bomba fue diseñada principalmente “para hacer que el mundo se sentara y tomara en cuenta a la Unión Soviética como un igual”, dijo Philip Coyle, exjefe de pruebas de armas nucleares de Estados Unidos con el presidente Bill Clinton. Los científicos no veían ningún sentido en continuar con estos experimentos, que además generaban enormes riesgos medioambientales durante las maniobras. “De hecho sólo adaptaron un bombardero”, recuerda Sergueiev.

También en la élite del gobierno se dieron cuenta. Un jefe de producción de cohetes presentó a Khrushchev un modelo de lanzador muy potente, capaz de lanzar una carga como la de la bomba. “O construimos la bomba o construimos el comunismo”, respondió el líder soviético. Era, en efecto, demasiado caro. Los años cincuenta quedaban atrás, el armamento nuclear era mucho más que lanzamientos controlados, era ya un concepto táctico: se pensaba en más cohetes y más pequeños.

El pueblo ruso tardó en enterarse del enorme ensayo. A diferencia que en la comunidad científica, apenas hubo disenso. “La gente estaba segura de que estaba bien protegida. Se necesitaba un gran esfuerzo económico y se sentía orgullo”, recuerda Sergueiev, que apunta que el Primero de Mayo y el 7 de noviembre se enseñaban “esos cohetes enormes”. La guerra de Vietnam sería luego “una muestra de la necesidad de mantener el esfuerzo”. Los que tenían dudas eran una minoría.

Pero la enorme explosión en el Ártico despertó la indignación y las protestas de miles de personas en todo el mundo. El gobierno ruso vivió los años más tensos de la Guerra Fría, que culminaron en la Crisis de los Misiles en Cuba en 1962. Tres años después de lanzar la gran bomba, Khrushchev sería destituido por su propio partido.

El estruendo de la madre de todas las bombas retumba hoy pero en forma de escalada verbal. En su discurso anual ante las dos Cámaras del Parlamento ruso sobre el estado de la nación, el presidente Vladimir Putin volvió en febrero a advertir que su país responderá firmemente contra EE.UU. al eventual despliegue en Europa de sus misiles de alcance medio. Putin aludió a los misiles intercontinentales Sarmat, que serán los utilizados contra Estados Unidos si despliega misiles de alcance medio en Europa.

En septiembre Moscú avisó de que producirá misiles que estaban prohibidos bajo un histórico pacto nuclear que fue desechado el mes anterior, pero que no los desplegaría a menos que Estados Unidos lo hiciera primero. Las tensiones sobre el control de armas nucleares han estado subiendo después de que Washington se retirase formalmente el mes pasado del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio, acusando a Rusia de violarlo, algo que Moscú niega.

Aquella bomba inmensa de 1961 fue un estruendo geopolítico que nadie ha querido repetir, y finalmente el desarme puso esa tensión a dormir durante años. Pero hoy vuelve el peligro multiplicado en bombas no tan grandes que suman más destrucción.

Por Xavier Colás (RFI)

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