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Myanmar, el país casi desconocido que lidera una premio Nobel de la paz bajo acusaciones de limpieza étnica

La consejera de Estado y Premio Nobel Aung San Suu Kyi, lidera Myanmar bajo una fuerte tutela militar REUTERS/Kham

Myanmar es el segundo país más grande del sudeste asiático, cuenta con más de 50 millones de habitantes, está ubicado entre China e India y también limita con Bangladesh, Laos y Tailandia. Sin embargo fuera de Asia, Myanmar es un país desconocido para la mayoría de las personas.

Esto ocurre por dos motivos: el primero porque desde su independencia en 1948 cambió de nombre al menos en 4 ocasiones. La última vez, en 2010, además incluyó una nueva bandera e himno nacional. Hasta hoy es más conocido por sus antiguas denominaciones Birmania o Burma, de hecho aún se usa el gentilicio birmano en idioma español. Años antes también había cambiado el nombre de su capital, la histórica Rangún por Yangon y en 2005, directamente, construyeron otra, Naypyidaw, donde se instaló el gobierno y la administración pública.

El segundo motivo del desconocimiento de este país reside en que desde 1962 hasta 2010 fue dirigido, primero por un gobierno socialista al estilo soviético y luego por una dictadura militar. Ambos cerraron el país para evitar cualquier contacto con el exterior. Así tenía escasas embajadas, se prohibió el turismo, también los corresponsales y agencias periodísticas, y, hasta hace pocos años, no existía infraestructura para el uso de teléfonos móviles e Internet.

En 2010 Myanmar comenzó a abrirse y desde entonces ha vivido un vertiginoso proceso de modernización sustentado en un inmenso territorio que, hasta esa fecha, estaba prácticamente sin explotar. Madera, jade, gas y materias primas agrícolas, sobre todo arroz, son la base de sus exportaciones. Además la numerosa población se insertó en el cambio económico como mano de obra en la construcción, la industria manufacturera, especialmente en la textil, y también como nuevos consumidores. El sector servicios es otro de los puntales del crecimiento y la legalización del turismo aportó a una de las principales fuentes de ingresos de divisas.

Era tanto el retraso en que se encontraba Myanmar que en los últimos 10 años debió invertir en infraestructuras de todo tipo, plantas generadoras de energía, aeropuertos, carreteras, hoteles y aviones para el transporte comercial. Eso ha generado un súbito interés de grandes y medianas potencias, como en otros países emergentes, interesados en colocar allí sus exportaciones.

En los últimos años visitaron el país el entonces presidente Barack Obama, Hillary Clinton, José Manuel Durão Barroso (en ese momento presidente de la Comisión Europea), los primeros mandatarios de China y Japón y el Papa Francisco. El país fue aceptado como parte del ASEAN (el Mercosur asiático), la versión regional del Foro de Davos se reunió en Yangon, y el Banco Mundial otorgó una millonaria línea de crédito para la construcción de un sistema nacional de salud. Brasil es el único país latinoamericano que abrió su embajada en Myanmar y ha logrado vender sus famosos Embraer a la línea nacional de aviones comerciales.

El crecimiento de la economía birmana en la última década ha sido muy importante, aun con algunos altibajos. Según el último informe del Banco Mundial, Myanmar crecerá al 6.5 por ciento en 2018/19 y se prevé que llegará al 6,7 por ciento en 2020/21. Sin embargo este proceso no ha sido sencillo. Por la falta de controles y planificación se produjo un deterioro notorio del medio ambiente y de las condiciones de vida de las poblaciones rurales, que aún son mayoritarias en el país. La falta de institucionalidad política también estimuló la disputa violenta entre diversos grupos étnicos por territorios con valiosos recursos naturales y un significativo aumento de la corrupción y especialmente del narcotráfico.
Una premio Nobel de la Paz en apuros ¿ángel o demonio?

Myanmar llegó a ser noticia global con la llamada “Revolución del Azafrán” en 2007, cuando miles de monjes con sus clásicos atuendos naranjas salieron a la calle a protestar contra las políticas económicas del gobierno militar, terminando el suceso en una fuerte represión. La triste notoriedad se reiteró en 2008 con el paso del ciclón Narguis, que dejó más de 100.000 muertos y una cifra 5 o 6 veces mayor de heridos. Los datos exactos no se conocen por la precariedad del Estado birmano que, además, no alertó a la población del peligro inminente y luego prohibió, hasta que fue tarde, el acceso de ayuda internacional a la zona de la catástrofe.

Los refugiados rohinyas reciben bananas en Bangladesh tras huir de la persecución y matanzas en Myanmar (AFP)
Los refugiados rohinyas reciben bananas en Bangladesh tras huir de la persecución y matanzas en Myanmar (AFP)

Pero quien posiblemente tuvo la mayor atención hasta convertirse en un ícono mundial, fue la entonces líder de la oposición democrática, y hoy virtual presidente, Aung San Suu Kyi, quien recibió el Premio Nobel de la Paz en 1991, que no pudo aceptar hasta el año 2002, por encontrarse en prisión domiciliaria, en la que estuvo confinada casi 13 años. La vida de Suu Kyi ha llamado la atención al punto que estimuló la producción de numerosas biografías, documentales y hasta una versión cinematográfica de su historia, en una película del año 2011, cuyo título fue The Lady (en español “La fuerza del amor”) y que fuera dirigida por Luc Besson.

Suu Kyi es a la vez, la hija del líder independentista y padre fundador de Myanmar y que fuera asesinado por sus rivales políticos cuando se encontraba a punto de asumir la primera magistratura del país en 1947 y firmar un acuerdo interétnico con la mayoría de los grupos del país. En 1988 Suu Kyi fundó el que luego sería el mayor partido opositor a la dictadura y en 1999 triunfó en las primeras elecciones libres que, por ese motivo, fueron anuladas. Con el crecimiento de la presión internacional y la movilización interna, el régimen militar comenzó a abrir una transición destinada, más a preservar su poder, que a garantizar la vuelta a los cuarteles.

Esto se vio en la sanción de una nueva constitución que otorgó a los militares el 25% de las bancas en ambas cámaras y también en los parlamentos provinciales. Los ministerios de defensa, seguridad e interior también son asignados al Ejército, como el control de la policía y numerosos jueces y fiscales. Además posee su propio partido político que, sumado a las bancas militares, le otorgan un poder de veto y un papel clave ya que los parlamentarios deben elegir al presidente. De esta forma, gane quien gane, deberá aceptar una suerte de cohabitación con el poder militar.

La nueva constitución incluyó que los candidatos y su familia no pudieran ser extranjeros. La medida estaba dirigida a Suu Kyi, que se había casado con un inglés y cuyos hijos eran de la misma nacionalidad. Por ello, cuando la líder birmana volvió a triunfar –ampliamente- en las elecciones de 2015, no pudo acceder a la presidencia. A tal fin y con su mayoría parlamentaria, se la designó Consejera de Estado, un cargo ad hoc desde donde ejerce la virtual presidencia del país.

A pesar de las condiciones en que llegó al gobierno, Suu Kyi ha logrado sustantivos avances en la democratización del país, en medio de una guerra sorda contra las Fuerzas Armadas, a las que busca erosionar cotidianamente. Los militares aún mantienen grandes cuotas de poder y han desarrollado una agresiva política que incluye ataques a la prensa y sobre todo, contra las minorías étnicas que, en el caso de los rohingya, fuera denunciada por diversos organismos de derechos humanos y agencias internacionales como una limpieza étnica.

Como consecuencia, Suu Kyi ha pagado fuertes costos políticos, sobre todo, en el frente externo que era una de sus fortalezas. La situación la pone frente a un dilema difícil de resolver. Ante la imposibilidad de imponerse ante las Fuerzas Armadas ¿debe abandonar los avances graduales logrados en más de 20 años de luchas democráticas por una política más radical? ¿Debería dejar el gobierno en manos exclusivamente militares y volver a la lucha callejera?

A sus 74 años Suu Kyi apuesta a seguir restringiendo pacientemente el poder autoritario y a imponer en las próximas elecciones una nueva constitución que elimine los privilegios militares. De esta forma buscará continuar y completar la política iniciada por su padre, que apuntaba a un país democrático y federal donde pudieran convivir los distintos grupos pacíficamente.

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