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La historia de los Caparrapos, uno de los actores principales en el escenario de guerra en el Bajo cauca antioqueño y en el Sur de Córdoba, está atravesada (como casi cualquier cosa en este país) por la historia reciente del conflicto armado en Colombia.

A comienzos de los 2000, cuando la expansión paramilitar se intensificaba en todo el país, la zona del Bajo cauca (subregión antioqueña en la que el río Cauca desciende de la Cordillera central y empieza su recorrido final antes de encontrarse con el río Magdalena) era disputada por dos bloques de las AUC: el Bloque Central Bolívar, comandado por Macaco y el Bloque Mineros, comandado por Cuco Vanoy.

Para evitarse enfrentamientos internos, ambos comandantes decidieron repartirse el territorio: al occidente, los municipios de Cáceres y Tarazá serían del Bloque Mineros y al oriente, El Bagre y Zaragoza serían del Bloque Central Bolívar.

Entre las filas del Bloque Mineros estaba Virgilio Peralta Arenas, alias Víctor Caparrapo. Peralta Arenas tenía ese alias por ser oriundo de Caparrapí en Cundinamarca y estaba al servicio de Ramiro Vanoy, alias Cuco Vanoy.

(Según lo ha afirma Macaco, desde una cárcel en EEUU, los Caparrapos fueron creados por él hacia 1996, al reclutar a varios lugartenientes de Caparrapí, creando así una suerte de guardia personal).

El hecho es que hacia 1996, Vicente Castaño reunió a varios grupos paramilitares que operaban en el nordeste antioqueño y en el Bajo cauca para proponerles hacer parte de las Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá. Fue allí que el grupo que provenía del municipio de Caparrapí entró a hacer parte de las futuras AUC.

Los bloques de las AUC que operaban en el Bajo cauca, una importante región cocalera y minera, recibieron hombres de distintos municipios de Cundinamarca. No solo de Caparrapí, sino también de Yacopí, municipio del que era oriundo Cuco Vanoy.

Luego del proceso de desmovilización de las Autodefensas, en el gobierno Uribe, surgieron en la región (y en distintas zonas del país) grupos paramilitares que habían pertenecido en su momento a las AUC.

Desde 2008, distintos grupos empezaron a hacer presencia y a reclamar el control territorial en el Bajo cauca antioqueño. Grupos que se autodenominaron los ‘Paisas-Caparrapos’, los ‘Rastrojos’, las ‘Águilas Negras’ y los ‘Urabeños.

En 2011, los Caparrapos pasaron a hacer parte del proyecto confederado de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (también conocidos como Urabeños, Clan Úsuga o Clan del Golfo).

En noviembre de ese año hubo un pacto entre los Rastrojos y los gaitanistas en el que se acordaba que estos últimos quedarían con el control territorial del Bajo cauca y el Sur de Córdoba.

Los gaitanistas crearon distintos frentes (o franquicias) para desplegar su dominio territorial en esta zona de Antioquia y en el Sur de Córdoba. Estaba en frente ‘Virgilio Peralta Arenas’ (que recordaba el nombre de alias, Víctor Caparrapo, lugarteniente de Cuco Vanoy), con injerencia en Piamonte (Cáceres); ‘José Felipe Reyes’, con sede en La Caucana y Guaimaro (Tarazá); ‘Julio César Vargas’, al que le correspondió el área de Barro Blanco y El 12 (Tarazá); ‘Franciso Morelo Peñate’, que dominó El Bagre; y ‘Rubén Darío Ávila’, para todo el sur de Córdoba”, como lo informa Verdad Abierta.

Así fue la repartición de esta región por parte de los gaitanistas hasta que las Farc firmó el Acuerdo de paz en 2016 y salió de la región. Eso generó un vaciamiento de poder en la zona y sobre todo en el Nudo del Paramillo, estratégico corredor para el narcotráfico, que intentan copar incluso al día de hoy distintos grupos criminales.

La región no sólo es estratégica en términos de narcotráfico (se calcula que hay sembradas cerca de 21 mil hectáreas de coca en la zona) sino por su potencial minero.

A comienzos de 2017 se quebró la alianza entre los Caparrapos y sus antiguos jefes los gaitanistas.

En enero de 2017 asesinaron a alias Danilo Chiquito, integrante del frente Virgilio Peralta Arenas, que acababa de salir de la cárcel. Este hecho fue tomado por los Caparrapos como un hecho de traición por parte de las AGC.

Otras versiones aseguran que los Caparrapos le vendieron la franquicia a la Oficina de Envigado, traicionando así a sus antiguos aliados, los gaitanistas.

Empezó entonces la disputa territorial por el control de las rutas del narcotráfico y de los negocios de minería, entre Gaitanistas y Caparrapos, que tiene hoy a esa región atrapada entre las balas y la zozobra.

Los Caparrapos se aliaron con el ELN (enemigo acérrimo de las AGC) y con disidencias de los frentes 5, 18 y 58 de las Farc que tenían una fuerte presencia en esa región, en especial en el Nudo del Paramillo.

Alias Caín sería el actual jefes de ese grupo criminal y a su cargo tendrían cerca de de 450 hombres según información de la fuerza pública.

En febrero de 2018 una alerta temprana de la Defensoría del Pueblo decía: “Fuentes militares afirman que entre octubre de 2017 y enero de 2018, la estructura de ‘Los Caparrapos’ tuvo un inexplicable fortalecimiento en armamento, hombres y finanzas, al pasar de una base en Guáimaro (Tarazá) a dominar sectores en Cáceres, Tarazá, y enfrentar de manera casi simultánea a estructuras de las Agc”.

Según  información oficial, la rápida expansión de los Caparrapos responde también a un apoyo económico de parte del cartel mexicano Jalisco Nueva Generación.

Entre finales de 2018 y comienzos de este año la guerra entre Caparrapos y gaitanistas se intensificó. Los Caparrapos hicieron incursión en el municipio de El Bagre en Antioquia., con panfletos y amenazas. El municipio que queda sobre el río Nechí, región que  años atrás era controlada por el Bloque Central Bolivar de Macaco y que luego pasó a manos del frente Franciso Morelo Peñate de las AGC. En los panfletos, divulgados por alias Cristian, decía “la guerra apenas comienza”.

A comienzos de este año, el Ejército desmanteló en El Bagre un centro de explotación minera que producía 20 kilos de oro al mes y le dejaba a los Caparrapos cerca de 2.300 millones de pesos mensuales.

En mayo de este año el Ministerio de Defensa tomó la decisión de cambiarle el nombre a este grupo criminal para evitar la estigmatización de los habitantes de Caparrapí, el municipio de Cundinamarca, desde donde llegaron sus primeros hombres, hacia la década del noventa.

Ahora el grupo criminal pasó a ser llamado “Los Caparros”.

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